Nosotros, en Internet.

Por Raúl A. Farías

Cada semana un nuevo escándalo que involucra a figuras mediáticas vuelve a poner en confuso pie de igualdad la responsabilidad de hackers, buscadores, prestadores de servicio de internet y rateros de teléfonos celulares.

Se ha escuchado así reclamar que «No hay ninguna legislación sobre el contenido en Internet, cosa que es muy necesaria”  y que comparten solidariamente la responsabilidad por el delito informático hacker, buscadores y propietarios de páginas que difundieron el video.

De las precauciones que observó el propietario de la información, ni una sola palabra. Me refiero a: ¿Guardó el arma totalmente fuera del alcance de los niños?. ¿Usó cinturón de seguridad?. ¿Respetó el semáforo rojo?. ¿usó preservativo?

Todas preguntas que, consciente de que muchos me reclamarán que pretendo investigar a la víctima, surgen necesariamente cuando alguien pierde o no toma las precauciones mínimas para la protección de algo que se estima valioso para si o para terceros.

 

Es que esta moneda no es distinta a las demás, también tiene dos caras:  la más evidente es la del delito que encarna, que seguramente encontrará encuadre en la ley 26.388 que en el año 2008 reformó el Código Penal al introducir en su articulado las recomendaciones dadas por el Convenio de Ciberdelincuencia (Budapest, nov. 2001) como una manera de lograr una política penal común para proteger a la sociedad frente a los llamados “ciberdelitos”.

La otra cara, es la de la desidia y de la falta de cuidado en la protección de la información que circula por internet o que, por su formato, es susceptible de circular; hoy en día prácticamente toda.

Y aquí convergen varios conceptos equivocados y la falta de conocimiento de ciertos principios básicos que hacen a una parte sustancial de la vida social de cada uno, cual es ese cumulo de relaciones entre personas, dispositivos electrónicos y datos que hoy se integran en la más simple cotidianeidad.

Así como la computación en la nube (el Cloud Computing) es una metáfora de la Internet, Internet es una metáfora de la interconexión de pequeñas redes de computadoras fijas y móviles en una red mundial, libre y descentralizada de interconexiones computacionales.

Internet no es una cosa, un aparato, no es un lugar en la tierra ni en el espacio sino la suma de dispositivos físicos conectados entre si y los programas y personas que los administran y permiten el diálogo. En este momento, escribiendo este artículo, soy Internet, igual que lo es Ud. mientras lee estas líneas en su pantalla. Generamos constantemente información y contenidos que viajan extrañamente. Da lo mismo que se trate de un email, un libro, una foto, un video o un “Me Gusta” en Facebook. Al salir, la información se descompone, se fragmenta en pequeñas unidades llamas “paquetes” que luego, gracias al los Protocolos de Internet, se vuelven a rearmar para volverse coherente y legible al llegar a su destino.

Esto no es un hecho menor; corresponde a la arquitectura de Internet y al trabajo de esos protocolos, programas que contienen los navegadores y que hacen posible -entre muchas otras funciones- que las máquinas de todo el mundo se entiendan entre si. Y es precisamente la arquitectura de Internet la que debemos tener siempre presente al generar y manipular información.

En medios académicos, todavía hoy se discute si la antecesora y que dio origen Internet, ARPANET (Advanced Research Projects Agency Network) creada a instancias del Departamento de Defensa de los Estados Unidos en 1969, fue o no un proyecto destinado a permitir las comunicaciones entre dos puntos de los Estados en una hipótesis de ataque nuclear. Más allá de que algunos lo consideren un mito, lo cierto es que esa arquitectura de la que hablábamos le permite a Internet mediante sus protocolos superar tal hipótesis y solucionar todos los problemas que se susciten en el camino de la información buscando las vías más eficientes para  que los “paquetes” puedan llegar a destino, es decir para que la información sobreviva y circule aun en la peor  situación de catástrofe.

Por eso, es que –en general- lucen bastante ingenuas las soluciones que se proponen cuando cierta información (texto, foto, video etc.) que ya se ha volcado a Internet pretende ser contenida o suprimida con medidas judiciales precautorias ordenando a los principales buscadores que no indexen para los resultados de sus búsquedas los videos y fotos del escándalo o cuando se pretenden medidas de prueba anticipadas que pueden llegar a permitir el secuestro de unas pocas máquinas cuando los contenidos ya están en miles de ellas asegurando su permanencia y circulación. No se trata de incautarse de una foto Polaroid o de impedir su impresión; los archivos digitales se pueden reproducir sin control en pocos minutos, anidar al otro lado del mundo y conservar cada copia las características del original al punto de no saber cual de los “clones” es el inicial.

Una vez que la información digital se creó, a menos que se conserve en dispositivos locales sin conexión a ningún tipo de red y se guarde en la bóveda de un banco, será muy difícil, por no decir imposible, impedir su libre circulación. Y esa dificultad aumentará en forma proporcional al interés general en la información ya que la viralidad incluye no solo la capacidad difundir masiva y velozmente un contenido determinado sino también la de crear copias sin límite de los datos en cuestión para volver a subirlos actualmente o en el futuro.

Pasa otro tanto con la información que circula vía e-mail. La gente debería saber a esta altura que un correo electrónico no encriptado circula por Internet tan desnudo como la tradicional postal que desde Roma mandábamos con una estampilla atrás y en la que cada cartero, hasta alcanzar su destino, podía leer claramente: “Querida mamá, llegué bien a este maravilloso lugar. Cariños.”

Todas estas cuestiones hacen a la forma en que cotidianamente nos comunicamos y deberían llevarnos a reflexionar sobre el papel que individualmente jugamos en el cuidado de nuestra propia intimidad.

Conocer los fundamentos del funcionamiento de Internet hoy equivale a la forma en que los monjes escribas del siglo IX conocían la forma de preparar sus tintas y plumas de ganso. Se trata, más cerca aun, de cuidar nuestro diario intimo, aquel al que con tanto celo le confiábamos nuestros mejores secretos.

Está en «el ADN de Internet» el ser una red libre y descentralizada, paradójicamente las dos características que le impidieron seguir siendo utilizada con fines exclusivamente militares y mantener las comunicaciones aun con un hecho devastador en el medio.

Esas características son también las que le permiten hoy sobrevivir a los numerosos intentos de muchos estados por controlarla mediante leyes que restringen la libertad de expresión.

Porque Internet es la gente, es Ud. y soy yo, somos Nosotros, cada uno asumiendo la responsabilidad de utilizarla con precaución, respetando los derechos de los demás, deteniendo la mala viralidad y sabiendo que aun en este ámbito existen los delitos y leyes que los penan. 

Solo a partir del conocimiento y el involucramiento personal en los procesos que se desarrollan tras bambalinas de los archivos en forma de fotos, videos y todo tipo de información que manejamos, podremos asegurar que Internet sea cada vez más una red de conocimiento y desarrollo en lugar de cómo la vimos muy a menudo, una triste tierra de escándalos.

Raúl Farías.

Abogado. Director del CINTEC – CENTRO DE INVESTIGACIÓN DE NUEVAS TECNOLOGÍAS PARA LA ADMINISTRACIÓN DE JUSTICIA – FORES

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